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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Los profesores de filosofía en general no me llamaron la atención. Uno de los
más cercanos a los alumnos y con el que tuve algún trato, H. Fahrenbach, nos dio
un curso sobre el
Tractatus
de Wittgenstein que me pareció de menos categoría
que el que recibí del mercedario Padre Muñoz en Salamanca. Quién lo iba a decir. El
que, sin embargo, destacaba de manera especial era W, Schulz, del que una
pequeña y conservadora editorial tradujo su libro más conocido, “
El Dios de la
metafísica moderna
”. Otro, más breve, que escribió durante mi estancia en
Alemania sobre Wittgenstein, era rematadamente malo. Pero sus clases eran un
espectáculo, un teatro divertido y culto. El Auditorio en el que daba sus Lecciones
Magistrales estaba abarrotado. Incluso había que ir un cuarto de hora antes para
asegurarse el sitio. Daba la clase paseando, era ameno y con mucho sentido del
humor. No me enteré mucho de lo que decía, siempre en la brumosa onda
centroeuropea, ni me interesaba en exceso. Pero me divertía. Era, sin duda, lo
mejor de la filosofía de Tubinga. Un hecho importante en mi vida en esta bella
ciudad sucedió cuando María Elena, peruana, y Toni, alemán, me dijeron que quien
mejor podía servir a lo que yo pretendía era un joven profesor, afamado ya, que
había estudiado en Tubinga pero que ejercía su docencia en Heidelberg. El
matrimonio citado le llamo por teléfono y concertaron una cita en Heidelberg en la
que yo me entrevistaría con la persona que iba a condicionar enormemente mi vida
intelectual. Y sobre la que he hablado en tantos lugares que aquí solo voy a dar
unos datos muy escuetos de una relación que duraría toda la vida. Fui a esperarle a
la salida de una de las clases que estaba dando enfrascado entonces en una
disputa, a mi modo de ver un tanto estéril, con alguno de sus colegas sobre la
conciencia. En aquella época Tugendhat volaba solo metido de lleno en la obra de
Wittgenstein y la filosofía anglosajona. Me invitó a comer a una pizzería y
charlamos un buen rato. Él había hecho el bachiller en Venezuela a donde tuvo que
huir su adinerada familia judía ante la avalancha nazi por lo que hablaba un
correcto español. Todo un profesor alemán invitando a comer y a discutir con un
desvalido latino. Si uno lo piensa al revés difícilmente vería un caso semejante.
Este detalle me marcaría en toda la relación, en ocasiones con desencuentros, con
E. Tugendhat. Sus libros y conversaciones comenzaron a ejercer una considerable
influencia sobre mí. De modo especial sus intentos por dar una base sólida a la vida
moral. En este esta no ha hecho sino, de modo casi obsesivo, ir corrigiéndose a sí
mismo. Al final, y en un resumen más que apretado, la moral se entroncaría en el
campo de los deberes en los que las personas se comprometen recíprocamente y la