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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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filosofar es, por lo menos, hacer estas cuatro cosas con palabras en diálogo abierto
y según cadencia y orden elegidos:
describir
con conceptos y metáforas, no se
excluyen, las experiencias humanas;
fundamentar
esas experiencias en algún
aspecto clase de la vida humana –lenguaje, cuerpo, etc.-,
interpretar
los
fenómenos culturales, sociales, naturales, etc. desde ese fundamento; y
criticar
destructiva y constructivamente los males de nuestra época desde la luz que arroja
esa perspectiva fundamental, previamente justificada. Estos cuatro métodos –
descripción fenomenológica, fundamentación racional, hermenéutica cultural,
crítica- requieren expresiones lingüísticas distintas: la descripción precisa
objetividad y amplitud de ángulos; la fundamentación, universalidad, generalidad y
hondura como un buen cante flamenco; la interpretación necesita de la historia, los
estudios culturales, sociales, naturales, de las ciencias, y la crítica necesita una
lenguaje destructivo contra las ideologías y prospectivo para dar con soluciones, sin
caer en utopías terroríficas y cerradas. Y en estas cuatro tareas el filósofo/a debe al
menos aspirar a una noción de verdad, entendida como experiencia personal que a
la vez se comparte con los otros, coetáneos y futuros humanos, una verdad como
asentimiento momentáneo. Como escribió nuestro poeta:
“¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela”.
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También J. Habermas ha expuso repetidamente las 4 “pretensiones de validez” en
el discurso racional: coherencia lingüística, objetividad como verdad, respecto
normativo a los demás interlocutores, sinceridad personal; pretensiones que se
solapan con las “máximas conversacionales” de P. Grice: máxima de cantidad de
información, cualidad, relación y modo.
Con algunos métodos y con voluntad de verdad, el amante del saber y el
sabio lleno de amor por la realidad del mundo y los seres vivos debe ser honesto
consigo mismo y poder declarar a sus coetáneos y extemporáneos sus verdades
más hondas.
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Antonio Machado,
Poesías completas,
Madrid, Espasa Calpe, 1981, LXXXV, p. 280.