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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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entonces se empleaba para referirse al abandono de la carrera eclesiástica, y se
matricularon en otra carrera. En la Universidad daba clase de latín común Antonio
Tovar, persona inteligente, pero, como solía repetir su consuegro y buen amigo mío
José Luis Aranguren, sosísimo. Fui amigo de la familia y pasé algunas tardes de
domingo en el pueblo en donde vivían, Killsberg, a unos cuatro kilómetros de
Tubinga. Lo que no es cierto es que yo me acosté en su cama con mi todavía novia
Elena. Es una falsedad que se corrió por algún cenáculo de Madrid y sospecho que
la propagó el mismísimo Aranguren. La verdad es que no me molesta. Me hace
gracia. Yo trataba de enderezar mi tesis con distintas lecturas y mucho despiste. A
Wittgenstein no le conocía casi nadie en aquel germánicamente cerrado ambiente.
Solo conocí, en el sentido más efímero y volátil de la palabra, a una bella chica
alemana. Nos vimos dos veces y le debí parecer un pardillo. Era esa mi relación con
las mujeres. Ni siquiera como un adolescente sino como un niño. Algo que pronto
me empezó a enseñar que las personas somos muy distintas, que las costumbres
de las diferentes culturas son más distintas aun y que a los tópicos no los tira abajo
ni los misiles norcoreanos fue la percepción que amigos y menos amigos alemanes
tenían de la España franquista. Cuando yo les decía que políticamente estábamos
bajo el yugo de una dictadura fruto de una sangrienta guerra civil pero que en
muchos aspectos me encontraba más libre en Madrid que en Tubinga es como si les
hablara en chino. Un rojo como yo, separatista, como continúan diciendo los carcas,
por más señas, y que hablara así. Y es que, además de no enterarse de que antes
de Franco existió una República que fue aplastada por el golpe militar, ellos vivían
dentro de un cristianismo puritano, con ribetes luteranos y unas formas de vida
nada laxas. La primera semana de mi estancia en Tubinga me hospedé en un
Colegio Mayor, el Karlsonnenschein, que parecía un seminario preconciliar. No se
podía llevar a la habitación a una mujer y a las 10 quedaba prohibida la entrada
de toda dama o caballero. Las iglesias se llenaban los domingos de jóvenes con
gorras de las Verbindungen o asociaciones muy conservadoras en las que se
reunían. E incluso para inscribirte en el Seminario de Filosofía, en donde pasaba
toda la mañana y toda la tarde, solo interrumpida por la comida en la Mensa para
estudiantes, tenías que escribir cuál era tu religión. Y para aquel entonces yo ya no
tenía ninguna. La diferencia entre libertad social y libertad política se esfumaba. No
quiero con esto decir que el nacionalcatolicismo no hiciera sus estragos en España.
Quiero señalar que es necesario precisar en donde se es libre y cómo se es libre.
Por no entrar ahora en el laberinto de si somos libres o no.