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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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dedicado siempre como algunos se dedican a la magia y al ilusionismo. En el
tribunal se encontraba E. Lledó, uno de los casos más paradójicos que he conocido
en este africano país con pinceladas europeas y que llaman España. Ha recibido mil
premios siendo mediocre intelectualmente, se le la reverenciado por su compromiso
social cuando no se ha mojado ni una uña y se le ha aplaudido como maestro en el
pensar, aunque lo suyo ha sido juntar palabras más vacías que un cesto al que le
se echa agua. Pero ahí está el cesto y el agua. Y eso, en este lugar del planeta
donde pensar es berrear o soltar sermones, da mucho juego.
Conocí nada más llegar a Tubinga a un jesuita, Julio Colomer, buena
persona, amigo y que ayudó generosamente a los inmigrantes. Vino a hacer la tesis
sobre Calvino pero parece que no la acabo. Más tarde y en España le nombraron
Provincial de los jesuitas. Quién sabe si por no haber dicho nada sobre Calvino. Por
allí anduvieron también algunos discípulos de un profesor de la Complutense,
Sergio Rábade, que pasará a la historia por haber escrito un libro sobre Kant en el
que no dice más que Kant dio la vuelta a la tortilla: si antes mandaba el objeto
ahora manda el sujeto. Una genialidad. Enviaba allí a algunos de sus discípulos
para que estudiaran a uno de los filósofos más aburridos de la historia, E. Husserl.
Eran, excepto uno, modositos y muy discretos de cabeza. No llegue a coincidir, y
por muy poco, con dos de mis mejores amigos actuales, Manuel Fraijó y Tomas
Pollan. Y de distancia abismal con los anteriormente citados. Mis amigos alemanes,
salvo alguna excepción, pertenecían a la izquierda alemana que todavía suspiraba
por el mayo del 68. Como suspiraba yo. Fue como una explosión de libertad, una
bocana de aire que contrataba con la rutina reinante. Al mismo tiempo nos
interesaba la Revolución Cubana que ya empezaba a entrar en los defectos del
llamado socialismo real, la guerra de Vietnam y, en España, los comienzos de Eta y
la preparación del muy sonado juicio de Burgos que a los jóvenes y menos jóvenes
de hoy les suena tan lejano como la pérdida de Filipinas por España. Participamos
en más de alguna manifestación antifranquista algunos, los menos, de los
estudiantes españoles y bastantes de los emigrantes. Me sorprende que los
inmigrantes actuales en España no se lancen a la calle cuando son muchos más y
sus problemas no son menos. Entre los estudiantes en el Stift de Tubinga, y por
donde pasaron Hegel o Hörderlin, varios eran exseminaristas que sus obispos
españoles habían enviado a Alemania. La mayoría colgaron la sotana, término que