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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Respecto a los libros publicados he dado a la luz una tetralogía en la que mi
idea era incrustar una filosofía pegada a la vida cotidiana y con el ojo puesto
siempre en la felicidad. He de reconocer que la palabra ha sido tan maltratada que
solo le queda el sabor de un final sentimentalmente bueno o un aura casi religiosa.
La felicidad, sin embargo, y como dijo Aristóteles, es aquello a los que todos
aspiramos. No se trata de un cuento de hadas. Se trata de estar bien y, para ello,
evitar, todo lo posible el sufrimiento. Esto último es fundamental y solo así se
puede hablar, y lo haré enseguida, de la vida buena. Como decía Dante, el que
sabe de dolor de todo sabe y para Milton el dolor es el peor de los males. Parecería
una obviedad. Sin embargo, los humanos nos hemos empeñado en aumentar,
mantener o no eliminar el dolor o sufrimiento que como sinónimos podemos
tomarlos. He repasado varias veces la batalla de Waterloo. Es conocida la capacidad
estratégica de Napoleón, sobre todo a la hora del ataque. No hay que olvidar que
era, al mismo tiempo, un buen jugador de ajedrez y un avezado matemático.
Incluso se le adjudica un teorema en trigonometría. En la célebre batalla y que va a
cambiar no solo el curso de la vida del caudillo francés sino la suerte de toda
Europa, estaba enfrente, mandado a ingleses y prusianos, el Duque de Wellington.
El Duque, por su parte, destacaba en el arte de la defensa. Al final, gana el astuto y
resistente inglés. Stefan Zweig ha inmortalizado con maestría el desarrollo de la
batalla. Podemos admirar la fría inteligencia de ambos, el fino olfato para vencer en
un combate en el que hay que emplear todas las habilidades de nuestro cerebro.
Pero si abstraemos de los aspectos teóricos y contemplamos cómo ha quedado, al
final, el campo de batalla lo que veríamos es puro horror, gritos de dolor, desgarro
de moribundos, agonías interminables, cuerpos rotos, destrozados y, rodeándolo
todo, un silencio aterrador. Se han dado la mano el talento humano y la crueldad
no menos humana. Relatos sobre este perverso matrimonio abundan hasta la
náusea y noticias sobre cómo se puede usar la libertad humana para matar,
torturar o humillar las vemos o nos las contamos cotidianamente. Pero este es un
tipo de mal que surge de la acción humana. Los escolásticos, aquellos teólogos
cristianos expertos en distinciones, le llamaron el mal de la culpa. Y es que a
nosotros se nos atribuye. Y asola la historia de la humanidad. Los animales son
agresivos, los humanos son violentos. Y la violencia es la hipertrofia de la cultura A
pesar de su repugnancia algunos han gozado y gozan con él sin ser estrictamente
sádicos. De ahí que filósofos y no filósofos hayan defendido las virtudes de la
guerra. O, lo que es peor, han juzgado el conjunto de maldades humanas como