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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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suplía las ausencias de Carlos Paris quien me indicaba de qué tenía que hablar al
día siguiente. Me pasaba media noche preparándolo y con la inseguridad propia del
novato. Esos dos años primeros fueron de entrenamiento y tuvieron lugar cuando
aún existía lo que se llamaban Fundamentos, una especie de introducción a lo que
sería la filosofía y sus ramas en su sentido más estricto. Al tercer año de mi
estancia fue cuando me echaron y comenzó el peregrinar al que me he referido en
su momento. Las clases en general son lo más parecido a un teatro de barrio y los
alumnos unos entes de ficción que aparecen y desaparecen como por encanto.
Respecto a los alumnos pienso, y lo digo sin queja, pero con pena, que son seres
desagradecidos por definición. Te usan mientras les interesas y te olvidan cuando
poco o nada pueden sacar de ti. Es verdad que con algunos haces amistad,
aprendes de su talento, cosa harto rara, y se pueden convertir en amigos para toda
la vida. Hacer discípulos en un significado que vaya más allá de tomar apuntes es
algo realmente difícil. Si se consigue, hay que considerarlo un verdadero triunfo. He
tratado de ser claro en mis exposiciones y siempre me mostré serio y respetuoso.
Pero de vez en cuando, y va en mi carácter, me gustaba meter una “morcilla” que
se dice, una frase con segunda intención o un chiste que no sea de los
manoseados. Normalmente ni se enteraban. De ahí que agradecieras la sonrisa
cómplice de quien había conectado con tu tontería. O, quién sabe, con lo mejor de
todo lo que habías dicho después de haberlo preparado y trabajado el día anterior.
La lectura de los exámenes es una tortura, al menos en filosofía. No sabes, salvo
casos claros, qué nota poner. Hay dos anécdotas, entre mil, que me apetece
resaltar. Yo me había referido en clase al conocido dilema de Epicuro según el cual,
si Dios es bueno y poderoso, el mal no existe; es así que el mal existe, luego o Dios
no es bueno o no es poderoso. Les advertí que el dilema tal y como suele
presentarse no es de Epicuro sino de Lactancio, un piadoso Padre de la Iglesia que
predicaba el aplastar a los incrédulos. En el examen una alumna que, según me
dijeron, no había venido nunca a clase escribió que el dilema era cuestión de
lactancia. Estuve a punto de ponerla un sobresaliente. La otra anécdota, bien
distinta, tiene que ver con un período realmente duro en mi vida. Me presentaba a
unas controvertidas oposiciones a cátedra, una fortísima otitis se posó en mis oídos
y para colmo murió, de repente, mi querido padre. Yo había pedido un mes de
permiso, pero esas imprevistas vacaciones se prolongaron. Prácticamente nadie
protestó. En el examen, una alumna escribía que si había aprendido algo de la
asignatura no se debía precisamente a la dedicación del profesor; es decir a mi