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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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lo presidió el entonces Rector Ángel Gabilondo, días después ministro con el PSOE.
Gabilondo fue discípulo mío durante dos años y siempre, cautamente, pretendió
ascender en los puestos que, al final, le llevarían a ser ministro. Para algunos eso
debe ser una gloria. Otros, sencillamente, no entendemos que se pueda aspirar a
tales cargos. En cualquier caso, su presencia y presidencia en mi jubilación le honra
y se lo agradecí. Lo de la pasión por los cargos y el amor a la burocracia, por cierto,
choca con las ganas y la necesidad de saber. Y es que es imposible, metido en la
harina de la administración, quitar el polvo a los libros. Quitárselo para usarlos. No
me imagino a Einstein o a Chomsky de decanos. Ni a otros que no alcanzan su
altura. Solo me lo explicaría si fuera una verdadera necesidad. Últimamente, por el
contrario, sirve para acumular méritos en el curriculum y lograr un puesto
académico. Una pena. Otros quizás tengan una vocación más misionera. Y los
respeto. Pero, insisto, la vida intelectual está reñida, en principio, con reuniones y
más reuniones o papeles y más papeles. Ya lo advirtió Weber. Solo que no se le
hace mucho caso. Por lo que acabo de decir se apreciará que nunca he tenido el
más mínimo cargo en la escala universitaria. Además de considerarlo incompatible
con mis deseos, el Señor me ha negado del todo dotes para cumplir una tarea tan
anhelada por algunos. Lo que me hace gracia es que personas, incluso con cierta
ilustración, piensan que ser Decano o Rector es una especie de título superior. No
se dan cuenta, valga la analogía, es que es tan errado como creer que ser el
Presidente en una Junta de Vecinos otorga más derechos en la casa o fuera de la
casa. Muy por el contrario, es un mandado y nada más. Y por lo dicho se sigue que
mi actividad se ha reducido a dar clases, cosa que he hecho con dedicación. Solo
exceptuaría los primeros años noventa en los que anduve metido en mil batallas
sociopolíticas.
Dar clases durante tanto tiempo te hace pasar por distintos episodios.
Además de que no es lo mismo a dar clase a uno de primero que a uno de quinto o
impartir una asignatura correspondiente a ese curso que hacerlo en un grupo
reducido en doctorado. Me apresuro a añadir que en los últimos años nos
reuníamos los del curso de doctorado en el antiguo Café Comercial, los sábados,
temprano y en una esquina para que nadie nos molestara. Al acabar nos
tomábamos una cerveza. Allí discutimos de Tugenshat o de W. James. Las primeras
clases las di con tanto gusto como estrés. Una extraña mezcla. Siendo ayudante,