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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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nacionalismo aliado y atado de pies y manos a la burguesía capitalista. Llama la
atención que, excepto en pequeños colectivos, no se diga una palabra al respecto.
Algo se podría aprender. O que releyeran a autores como Otto Braun que analizó
con inteligencia y todo lujo de detalles la polémica cuestión nacional y la relación
entre Nación y Estado. Sería pedirles demasiado. Han caído en la “ignorancia
elenchi”; es decir, se han fabricado un enemigo, han reducido el supuesto
nacionalismo a lo que quieren que sea y ahí se acaba la cuestión. El campo de
visión se ha reducido a cero. Volviendo a Arzallus he de decir que me pareció una
persona inteligente, un tanto arrogante y tal vez ingenuo. Se le estaba yendo de las
manos el partido y no hizo caso de los que, agazapados, esperan el momento
oportuno para dar un zarpazo al jefe. Me da la impresión de que se quedó solo y
eso le honra. En conjunto mantengo una buena idea de él y los que le han
insultado han resbalado por el personaje. Siempre tuve la impresión con Ibarretxe
de que se trataba de una persona honesta. Tal vez el traje de Lendakari le
quedaba largo. En cualquier caso, su Plan es de lo mejor que se ha hecho en este
terreno y creo que debería tenerse en cuenta para los necesarios arreglos de la,
repitámoslo, cuestión nacional. Las reuniones con otras personas, entre las que
únicamente me llamó la atención para bien el obispo Setién, no aportaban
prácticamente nada. Y, finalmente, me convencí, aunque lo sospechara desde hacía
mucho tiempo, que el que te haga caso un político es, como diría Massiel, ver
crecer flores en el mar.
Otro campo en el que creo que he dicho algo nuevo o recordado lo que no
debería olvidarse tiene que ver con el filósofo austriaco Wittgenstein. Leí el
Tractatus
a los veinte años y quedé del todo fascinado. Desde entonces comprendí
que el eje de mi vida pasaba por la filosofía. En el
Tractatus
hay dos partes cuya
distinción es decisiva. La primera se refiere al lenguaje que usamos cotidianamente
y al de la ciencia, que es el mismo solo que sumamente refinado. La segunda
sugiere aquello que es desconocido, aquello a lo que el lenguaje no puede llegar.
Podemos imaginarla como un océano que rodea, silencioso, nuestra vida de todos
los días. La cuestión consiste en cómo es posible delimitar lo que se puede decir de
lo que no se puede decir. Es esa tarea se han derramado ríos de tinta para
encontrar la interpretación adecuada de lo que pensó nuestro filósofo. En cualquier
caso, lo que no se puede decir es sugerido o mostrado en lo que decimos dentro de