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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Piénsese en el mal. Hay que conceder, sin embargo, que en ocasiones son de una
habilidad y conocimiento admirable. El llamado Principio Antrópico fuerte y en
donde se intenta postular una fina mano intencional en la construcción de este
mundo y en el hombre, poco prueba pero es de una altura lógica innegable. Otro
tanto habría que de decir del Teorema de Bayes en el que se trata demostrar la
probabilidad de la existencia de Dios. Finalmente digamos que es una defensa del
laicismo, una actividad intelectual racional, propia de una sociedad democrática que
se rige por sus propias normas y no por voces que vengan de lo desconocido. En
España se necesitaba y se necesita una Filosofía de la Religión precedida, en la
enseñanza secundaria, de una Historia de las Religiones. Este ha sido un país de
teólogos, de clérigos o, en otro terreno, de místicos. Impensable que hubiera
surgido un libro tan bello, contundente y decisivo como “Diálogos sobre la Religión
Natural” del escoces, no profeta en su tierra, D. Hume. En España continúa
teniendo una influencia desproporcionada la Conferencia Episcopal y abundan los
miedos políticos que no se atreven a colocarla en su sitio. Y su sitio está en el
apacentar a su rebaño. Máxime cuando el español medio no sobresale por la
firmeza de sus creencias. Más aun, podría afirmarse que España es uno de los
países más paganos de Europa. Aunque en todos los sitios cuecen habas. El célebre
teólogo alemán K. Barth llegó a afirmar que las religiones, todas, no pasaban de
estar en un segundo lugar. La única que merecería sentarse en el trono sería el
cristianismo porque este no es una religión sino una fe. Una vergüenza. Por muchos
que fueran los méritos del teólogo alemán en otros campos.
En los años ochenta y noventa participé en distintas tertulias radiofónicas y
televisivas. En Onda Cero estuve dos años con Luis del Olmo, entonces el “líder
indiscutible de la mañana”. Luis del Olmo, hombre conservador, del sistema,
dominaba con maestría el micrófono. Pocos lo habrán hecho mejor. Conmigo se
portó con gran amabilidad y no entendió por qué me marche. Tiene gracia que en
más de una tertulia coincidimos Alfonso Ussía y yo. Nada teníamos que ver y nos
llevamos, a pesar de las discrepancias en el fondo y en la forma, bien. Me parece
que la única explicación estriba en que en aquellos años todavía se podía hablar y
disentir en este país. Ahora solo se puede o repetir las palabras de los amos o
gritar. No tengo mal recuerdo de aquellas tertulias. Hablé con libertad. Quizás eran
condescendientes conmigo porque, y en parte tenían razón, al menos de inmediato