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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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de mí, que, sin duda, lo hacía y, además, con benevolencia, quería ir dando cuenta
de la evolución de un grupo nada despreciable en número de clérigos, exclérigos y
seminaristas en el franquismo avanzado. De esta manera, trataba de ofrecer un
cuadro de la sociedad española, impregnada, a la fuerza, de religión. Religión
cristiana, por supuesto. Y católica, también por supuesto. Parto ahora del final de
aquella narración y para ello no tengo más remedio que trasladarme a Alemania, y
más concretamente, a la bella ciudad de Tubinga, centro de una teología aguerrida,
tanto protestante como católica. A mis queridos amigos suizos Rolf y Nelly les debo
el que pudiera pagar no poco de mi estancia en esta ciudad. Les estaré
eternamente agradecido, así como por todo que han hecho por mí. Su amistad no
tiene precio No quisiera pasar por alto que, a las dos semanas de llegar, asistí, a
requerimiento de un cura español con apellido de mantequilla leonesa y muy
gorrón, a una conferencia que dio el teólogo Razinger, años más tarde Papa. El
tema iba de patrística, aquellos primeros teólogos que fueron configurando la
doctrina de la Iglesia. La verdad es que no entendí casi nada. Mi alemán era aún
muy rudimentario así que me dedique a observar a quien hablaba. Los hacía con
una voz afeminada, de pie, bajo de estatura, y con aire aburrido. El hecho es que
llegó a Papa, lo que los creyentes, difícil de entender, llaman representante de Dios
en la tierra. Aunque mi nieto Iván dice que también podía haber sido yo Papa. Creo
que tiene razón y lo explicare enseguida. En alguna ocasión, con una mezcla de
paternalismo y sencilla pedagogía, le conté a mi nieto Iván que yo estudié primero
en la Universidad Pontificia de Comillas. Después pasé a la Universidad Pontificia de
Salamanca en donde también acababa uno con la licenciatura que te destacaba ya
respecto a los demás clérigos. Y finalmente me licencié en Teología en la
Universidad Gregoriana de Roma. Un camino que podía conducir, como mínimo, a
Obispo y, fácilmente, a Cardenal. No se cuanto pudo entender del asunto.
Probablemente muy poco. Tan poco como cualquiera de los jóvenes de este país
que suelen ser tan listos en el dominio de la informática como ignorantes
culturales. Es obvio que culminar dicho camino exigía tener o mucha fe o mucho
cinismo. De la primera carecía desde que comencé teología y el cinismo, sin que
sepa medírmelo, estoy seguro que no alcanzaba para meterme en una aventura
semejante.