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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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ha sido y sigue siendo no hacer la menor concesión a la monarquía. No solo la
considero del paleolítico sino que rompe el concepto más básico de igualdad. De ahí
que eso de ser de izquierda y tolerante con la monarquía sea parecido a un círculo
cuadrado. Aprovecho la ocasión para recordar que tampoco fui a la famosa
“bodeguilla” a la que invitaba Felipe González a personas con méritos parecidos,
tómese a broma, como los anteriores. Si no estoy mal informado, fui el único que
declinó la anhelada invitación. Yo no me pongo esa medalla. Me la ponía de tanto
en tanto Elena. El caso es que habían caído sobre mí no sé cuántos cuentos o
maledicencias por la cuestión vasca. Pasaba por ser para muchos el heraldo de un
independentismo sin límites. Como tuve varias discusiones públicas sobre el tema y
de modo especial con un colega ya citado. Carmen se preocupó. No estaba el
ambiente para bromas según su sabio entender. Primero hizo algunas
averiguaciones acerca de cómo podía estar catalogado en las interioridades del
Estado y la tranquilizaron. Aun así, me dijo que asistiera a la recepción real y ella
se encargaría de que a la hora de los saludos en los que algunas señoras se
arrodillan como si estuvieran en misa, la reina me retuviera un rato con pequeña
charla y sonrisa. Me quedé en casa. Su buena voluntad no logró cambiar la mía. Sí
demostró ser una amiga. Una anécdota que podía haberme traído problemas
domésticos si Elena no conociera a Carmen y, por supuesto, mi amistad con
Carmen, sucedió en un verano en donde el periodismo se nutrió de chismes. Estaba
yo en El Escorial en un curso de verano cuando se me acercó Jorge de Esteban, con
quien compartí puesto durante nueve años en el Consejo Editorial de El Mundo,
para enseñarme el último número de la revista Tiempo. En dicha revista se podía
leer que uno de los romances del momento era el mío con Carmen. Lo escribía
Carmen Rigalt a la que hoy, todo hay que decirlo, considero amiga. Cuando le
pregunté de donde había sacado esa falsa información y cómo se había atrevido a
publicarla me contestó tan tranquila que se lo había dicho Francisco Umbral con
quien, más tarde, pasaría algún domingo de tertulia en casa del neurólogo Alberto
Portera. Carmen, enérgica pero frágil de salud, murió de cáncer. Un personaje en la
historia de este país y una persona de cuerpo entero, de las que no se encuentran
muchas ni en este país ni en otros. A través de ella conocí al Padre Llanos, un cura
que pasó de ser amigo de Franco a militar en el Partido Comunista. No olvidaré una
comida con Llanos y Umbral, además de Carmen, digna de filmarse. Mi recuerdo
para Carmen a la que, por desidia, no visité cuando estaba muy enferma. No me lo
perdonaré nunca. No quisiera pasar por alto tampoco mi amistad con el filósofo