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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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ello de pequeño en las fiestas del colegio, un tanto equilibrista. Carlos París, Tomás
Pollán y yo nos reuníamos con relativa frecuencia a comer y hablábamos de todo.
Menos de sexo porque Carlos París, muy señor, era un puritano. No hace mucho
tiempo y en una de esas comidas en el Perlora, me recriminaron, con cortesía y
cariño, aquella supuesta etapa loca. Yo no habría sido el auténtico Javier y me
habían manipulado para bien de no sé quién, supongo del espectáculo en el que se
envuelve toda sociedad. Les di la razón. Añadí que la crítica estaba en su punto
pero que reconocieran que el que se confunde es el que da la cara. Ahí me dieron la
razón. No quisiera emular aquello que dijo Heidegger de que quien piensa a lo
grande se confunde a lo grande. Ni en su pensamiento ni en su grandeza me mido
con él. No porque fuera, a buen seguro, superior sino porque no me ha interesado
nunca ni su pensamiento ni su desgraciada grandeza. Con Tomás he tenido desde
hace muchos años una intensa relación, con periodos de sequía amistosa. Lo que
haya dicho de mí, si lo ha dicho, me ha dado siempre igual. Porque estoy
convencido que en sus críticas o descalificaciones tendría, al menos en bastantes
casos, razón. Además, a mí me gusta, como en el Oeste , enfrentarme a solas, cara
a cara y a muerte. Lo demás me trae al pairo. Tomas, listo y culto, invita a mover
las neuronas. Y, por encima de todo, en los momentos graves o difíciles ha estado
siempre ahí. Es eso lo decisivo.
Es hora de retomar la figura de Carmen Díaz de Rivera. Para algunos, la musa
de la transición. Para mi una gran amiga. Una mujer inteligente, culta, cosmopolita
y con una rara biografía. Hija de Serrano Suñer y una Marquesa, los laberintos por
los que tuvo que pasar son conocidos. Han sido novelados o llevados al cine. Un
hecho central y real en su vida es que se enamoró de su hermano desconociendo el
parentesco. Ese amor fue prohibido y a ella la mandaron durante cierto tiempo a
Costa de Marfil. Nos conocimos por casualidad y nos hicimos inmediatamente
amigos. Yo solía ir muchos domingos a tomar un whisky en su casa en El Viso.
Discutíamos de todo, especialmente de política. Cosa difícil porque nunca daba el
brazo a torcer. Su pragmatismo chocaba con lo que ella llamaba, y le gustaba, mi
anarquismo. Los Reyes ofrecían todos los años una recepción en Palacio a la que se
invitaba, como se decía, a artistas e intelectuales, además de empresarios, políticos
y gente de la alta sociedad, como también ridículamente se decía. Todos los años,
no sé por qué, yo recibía la invitación y, claro, no iba. Un principio básico para mí