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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Madrid, por la melancolía que da la madurez. En los años setenta y ochenta me
interesó el conjunto de la contestación rebelde de una parte nada desdeñable de
Euskadi. Su punta de lanza era
Eta. Eta
nace en la dictadura y con una
benevolencia de muchos antifranquistas que poco a poco fue languideciendo hasta
convertirse en clara oposición ante unas muertes que, aparte de ser malas por
muertes, juntaban la brutalidad y la banalidad. A pesar de que en un principio me
costaba condenarla, siempre se me atragantó por el lado moral. Y es que, al
margen de que, como escribía Hume, todo Estado ha nacido fruto de la violencia, la
fuerza que se aúna con la eliminación del contrario no ha de ser un recurso sino el
último y legítimo recurso. Pero he defendido y defiendo el Derecho de
Autodeterminación de Euskadi. De ahí no me he apeado nunca. Lo que ha me ha
traído, como consecuencia, una confusión muy típica en un país tan primitivo como
es España. Podría contar anécdotas y conversaciones de lejanos tiempos en las que
yo pasaba por el moderado porque no condescendía con Eta. Los personajes de
esas conversaciones, rápidos conversos al sistema, al supuesto derecho y , sobre
todo, a la poltrona, pronto invirtieron los papeles. Se opusieron con uñas y dientes,
y dinero, a lo que muchos vascos querían y quieren y nos colocaron falsamente a
algunos, por ejemplo a mí, donde estuvieron ellos. Nos quitaron, y hay que dar
gracias al cielo por ello, la poltrona. De los vascos decía el gran músico Guridi que
en música somos excelentes pero que en el resto menos. Seguro que es verdad. Y
es que a pesar de que comparto el juicio positivo sobre la nobleza o la laboriosidad
de un pueblo que no necesita grandes mitos para ser diferente porque lo es, pienso
que tenemos una zona tórrida muy tórrida y otra gélida muy gélida. La tórrida lleva
a trivializar lo rudo o violento, la gélida a congelar con facilidad los afectos. Yo, por
fin, pude ser admitido en la Universidad Autónoma. Lo hice como profesor
contratado y tuve que dar clases de casi todo con un sueldo un tanto ridículo.
Menos mal que mi mujer daba clase en el entonces muy conocido Hogar del
Empleado y, austeros como eramos, no nos llegaba el agua al cuello. Por otro lado,
y en aquel Madrid que pasó como un rayo del encanto, al menos eso proclamaban
algunos, al desencanto, lloriqueaban no pocos, saltó a la escena la movida. Muchos
dirían que para llenar el vaso vacío del desencanto. Nadie ha conseguido dar con la
formula que nos de una idea medianamente clara de lo que fue aquel movimiento
de masas, toma de la calle, prolongación de la noche, alumbramiento de artistas
que desaparecían prematuras y figuras como la del profesor y alcalde Tierno
Galván. Si se apura la definición cita a Almodovar y a Ouka-Lele. A las faldas de