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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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servicio de los grandes intereses económicos. Y absorben todas las instituciones del
Estado que teóricamente deberían ser independientes pero que realmente son sus
servidores. Las elecciones se convierten en una noria que da vueltas sobre sí
misma y nada cambia, salvo que pueda ir a peor. Y los cantos de sirena de que este
sistema es el menos malo de todos los sistemas políticos o que, como dice Popper,
tenemos la oportunidad de cambiar un partido por otro, suena a cuento chino.
Porque es falaz argumentar que es el menos malo de los sistemas posibles como
falaz era Leibniz cuando sostenía que este es el mejor de los mundos posibles. Y
porque cambiar un partido por otro cambia muy poco las cosas siguiendo incólume
el Poder. Esta es la palabra clave y la que da razones de peso al anarquismo
clásico. Habría que actuar en la sociedad, no dentro de la política oficial y oponerse
a todas las formas de poder que limiten, interesada o arbitrariamente, la libertad de
los individuos. Y esta manera de proceder habría que ejercitarla cotidianamente y
en cualquier lugar del mundo. El respeto activo a la libertad de los individuos va en
contra de toda dominación que se haga con ventajas que son solo meritorias por el
mero hecho de detentar ya el poder. Es por eso que el anarquismo de Chomsky
puede llamarse socialismo libertario. Existen otras propuestas suyas sobre, por
ejemplo, cómo tendrían que organizarse los trabajadores, que son más dudosas e
incluso pueden pecar de ingenuas. En cualquier caso, Chomsky sobresale en
nuestra época no solo como un maestro del lenguaje sino como un guía hacia una
sociedad que ha hecho trizas la democracia. De esta no queda ya más que el
nombre. Y la publicidad con la que la visten los medios de comunicación. Unos
medios de comunicación que funcionan como tribus que ante todo lo que suene a
cambio real se apiñan, y dejan de lado sus accidentales oposiciones, ante la voz del
jefe.
Nuestra vida continuaba pacíficamente y leyendo mucho mientras seguíamos
con atención el relevo del sistema franquista. El debate se establecía entre ruptura
o revolución. Un debate manipulado puesto que los que estábamos en contra de
que la izquierda, al menos de nombre, se lanzara a los brazos del neofranquismo,
no por eso pensábamos que había que irse al monte. Todo el mundo empezaba a
ser demócrata de nombre y montarse un pedigree de rotundo demócrata. Cuando
en una ocasión mi mujer y yo escribimos a unos familiares nuestros sugiriéndoles
que se estaban entregando atados de pies y manos a los franquistas travestidos se
enfadaron y pusieron el grito en el cielo. Eran fervientes seguidores de Carrillo y