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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Me fijaré en tres aunque el ultimo aterrizó en Nueva York llamado por varias
instituciones a la vez. Harris, M. Dummet y el celebérrimo, con todo derecho, Noam
Chosmky. Harris, maestro de Chomsky y todavía relativamente joven, defendía con
muchos ejemplos y no poca amabilidad, la lingüística clásica de aprendizaje
empírico. Le bastaba para explicar el aprendizaje del lenguaje. Respondía con
parsimonia a las objeciones y todos contentos. La conferencia de M. Dummet.
trataba de qué hace que un individuo sea un individuo y era la prolongación de un
debate con el raro e inteligente filósofo P. Geach, marido de la inefable Miss
Anscombe y ambos católicos ultraconservadores. Y los tres, discípulos de
Wittgenstein. Un filósofo italiano prematuramente desaparecido, Rossi-Landi, se
preguntaba por qué la mayor parte de los filósofos wittgensteinianos habían
acabado siendo cristianos, y más concretamente, católicos. Realmente no lo sé.
Dummet, hombre de misa diaria y que sacrificó años de su vida a favor de los
refugiados, era una persona elegante, atildado, típico gentelman. En cuanto
comenzó a hablar recordé un viejo artículo del también británico Strawson en el
que, con ironía, contaba cómo los discípulos de Wittgenstein le imitaban de tal
manera que, si tosía, tosían, y si se enfadaba, se enfadaba. Dummet encajaba en la
foto de Strawson. Si alguien le hacía una pregunta, se concentraba durante un
largo rato para acabar diciendo que no se le ocurría nada. Wittgenstein en estado
puro. A uno del público le llamó al orden por una nimiedad. Total, antipático y sin
salirse del guion sosamente analítico de una de las ramas que se dicen seguidores
de Wittgenstein. Cosa muy distinta es N. Chomsky. Habló en un edificio fuera de la
Universidad. Desbordaba la gran cantidad de gente que había en dicho edificio y
costaba Dios y ayuda encontrar un lugar desde poder escucharle. Sería una
tentación quedarse en él y dejar de lado otros, que siendo sin duda importantes, no
alcanzan la fama bien ganada del revolucionario Chomsky. Con poco más de 25
años escribió un libro “
Las estructuras sintácticas
” que produjo un extraordinario
schock en la lingüística que le precedía. Y es que postulaba una gramática innata
universal sin la cual no se explicaba el aprendizaje de los humanos. Era, se decía,
una vuelta atrás, al innatismo, a un kantismo remozados. Como nota curiosa
digamos que a algún teólogo y a muchos clérigos les sentó como un buen aperitivo.
Chomsky hablaba de la capacidad de construir infinitas frases, que eso es la
recursividad, y daba al cerebro un cable, que en una mente con ganas de agarrase
al cable, incluso si arde, le parecía un regalo. Obviamente, no es para lanzarse al
infinito ni mucho menos. Con miles de controversias desde entonces y con las