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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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humano. Pero, por el contrario, los motivos de sus deseos de separación de otros
muchos no tienen por qué incluir los defectos citados. Todo lo dicho suele
complicarse en los hechos de una manera enrevesada. Razón de más para que se
pare uno antes de hablar disponiéndose a tachar a alguien de nacionalista. Porque
el supuesto nacionalista puede estar diciendo una banalidad. Puede estar diciendo,
dicho de modo fuerte, que su pueblo es una Nación con derecho a Estado como don
caído del cielo que es lo que, por desgracia suele abundar. O porque posee un
nacionalismo neutro que incluso trata de no usar ese nombre. Pero cree, eso sí,
que tiene derecho a autodeterminarse. Algo completamente legítimo y a lo que me
voy a referir brevemente. La autodeterminación colectiva, que está recogida en
varios textos jurídicos como Derecho de Autodeterminación, reconocida en algunos
países y puesta en práctica en otros tantos, encontraría su última raíz en la
autodeterminación de cada uno de los individuos. Soy yo y no otro quien decide
casarse, ser célibe, estudiar química o ser trapecista de circo, quiénes quiero que
sean mis amigos, qué ideología profesar o cómo me gustaría morir por qué no
elegir mi inserción en la vida política. Lo que sucede es que en la
autodeterminación colectiva y al verse otros implicados se hace necesario guiarse
por ciertas reglas que no dañen a aquellos que no estén de acuerdo con la
independencia. Y es que no es cuestión de dar un portazo. Como en las
separaciones matrimoniales, se negocia. Y se comprometen los que se separan a
respetar al máximo a los que no están de acuerdo con la separación, Por cierto, en
estos momentos no existe en España libertad de prensa suficiente que posibilite
discutir de esto. Ni de esto ni de aquello. De la autodeterminación y de otros temas
más hablé mucho con Mario. Y con Philip Silver hispanista, que dirigía la Casa de
España y que fue un excelente amigo. Con el continué la amistad en España cuando
vino para casarse y vivir en Hondarribia (para los que no lo entiendan:
Fuenterrabía).
Nuestras conversaciones solían tener lugar en el Campus de la Universidad.
La Universidad de Columbia, que distaba dos calles de nuestra casa, contaba con
24 profesores de los cuales 20 eran judíos. Había algunos nombres célebres, como
Morgenbesser o Danto. Yo acudía regularmente a las clases de Parsons, hijo del
célebre sociólogo del mismo nombre. Era tímido y aburrido, pero enseñaba lógica
con claridad. Cada cierto tiempo la Universidad invitaba a algún filósofo de relieve.