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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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que defender la independencia de Euskal Herria fundamentándola en la Nación
Vasca. Es ocasión para que rememore alguna de aquellas discusiones. Por supuesto
que lo que ahora escribo está matizado y filtrado por los muchos años que han
pasado desde aquellas interesantes charlas. Lo voy a hacer exponiendo cómo veo
yo el problema y donde radicaría para mí la solución. Para ello no tengo más
remedio que utilizar cierto espacio en el que pueda incrustar mis ideas.
Nacionalismo viene de nación que, por su parte, procede el latín natus, nacido. Por
lo tanto, el nacionalismo sería una forma de acentuar el haber nacido en un pueblo
concreto. Conviene añadir que no ha habido sociólogo importante que no haya
advertido de la oscuridad del concepto de nación. De la misma forma que una
tentación casi irreprimible ha consistido en montar el Estado encima de la Nación,
usada esta como base o sustento. El término ha seguido rodando, abriéndose y
cerrándose como un abanico. Y, sobre todo, como un misil contra todo aquel que
ponga en cuestión el Estado al que, de hecho, pertenece. Alguna distinción, que ya
insinué antes, nos puede ayudar a cerrar el abanico. En un nivel muy primario,
todos, casi sin excepción, somos nacionalistas. Y es que todos tenemos un idioma
diferente del de otros pueblos, costumbres que nos gustan y practicamos, así como
otra serie de símbolos que nos distinguen de los demás. No creo que, en principio,
esto sea un furibundo, excluyente o pérfido nacionalismo como suelen llamarlo
bastantes resentidos. En un segundo nivel existe un nacionalismo que algunos han
llamado “animal” en el sentido de creer que hay algo en la nación que se asemeja
al alma. Este nacionalismo, ingenuo y romántico, se ha dado y se da también en la
mayor parte de los pueblos del mundo. Curiosamente, los que practican dicho
nacionalismo son los propios Estados. Estos, como pequeños dioses, blindan sus
fronteras y exhiben una serie de signos y gestos como si fueran superiores al resto
de los habitantes de la tierra. No suelen expresarlo de esta manera. Pero son, con
su práxis, de esa manera. Es lo que explica que se opongan con todos sus medios,
incluida la fuerza, a aquellos que oficialmente dentro de su territorio deseen
independizarse. Los grandes nacionalistas, en su sentido peyorativo y que incluye
una valoración excesiva de las diferencias entre los pueblos, son los Estados. No
hace falta más que fijarse en los himnos, casi todos xenófobos si no racistas, en sus
banderas y en las manifestaciones vanidosas y egocéntricas de sus supuestas
virtudes. Los que dentro de tales Estados quieren independizarse y a los que se les
tilda de nacionalista en su sentido más nefasto, pueden, efectivamente, imitar los
defectos de tales Estados, en una especie de contagio desgraciadamente muy