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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Raymond y lo último que supe de él ha sido la lectura de un artículo, un tanto
enrevesado, sobre Nietzsche. Tal vez haya cambiado en su cuerpo y en su alma. A
los pocos días, y sudando por acomodarnos en un piso que carecía de todo mueble,
conocí por mera casualidad a una colombiana que llevaba mucho tiempo en Nueva
York y de nombre Nina Mayor. En la edad de merecer y sumamente generosa se
convirtió en una amiga que nos ayudó hasta el último día de estancia en una ciudad
que, de entrada, te impresiona porque todo es grande, variado, contradictorio y,
por supuesto, que hay que conocer por lo menos una vez en la vida. Nosotros
vivíamos en la Avda. 20 a dos pasos de la Universidad de Columbia y de su
espléndida Biblioteca. En medio de norteamericanos, portorriqueños, cubanos y ,
naturalmente, de los muchos originarios de África con su peculiar color. Muy cerca
de Harlem. Una mezcla de países, etnias, comidas, costumbres y ruido. Nueva York
es una gran ciudad. No es de postal. Es cuestión de recorrerla, usar su
multitudinario metro y sumergirse en ella. Y que cada uno escoja la parte que le
interese. La ciudad no tiene el encanto de, por ejemplo, Buenos Aires pero tiene
vida propia, una personalidad que no necesita exhibirla.
Una persona fundamental en nuestra estancia americana fue Mario Salegui.
Vasco hasta la médula, había sido gudari y, en una serie de piruetas propias de su
espíritu aventurero, acabó en Nueva York casado con Miriam, una señora toda
bondad de origen judío. Para Miriam la alfombra de su casa era el símbolo de sus
orígenes y la quería como si fuera su hija. Un día Elena y yo salimos a un concierto
y dejamos a Igor con Miriam y Mario. En venganza por no llevarle con nosotros,
nuestro hijo se meo en la alfombra. Miriam estuvo a punto de desmayarse. Mario y
Miriam nos cuidaron como si fuéramos sus hijos. Vivíamos muy próximos y
comíamos en su casa con frecuencia. Comer en la universidad era peor que la
comida del Aeropagita en el desierto. Mario era un cocinero extraordinario. Hombre
de convicciones firmes, sin remilgos y con una cultura mundana y no mundana
amplia, siempre te enseñaba algo, levantaba alguna de las muchas alfombras de la
historia. Con Mario conocí muchos de los entresijos del Partido Nacionalista vasco y
detalles de importancia de personajes como Galíndez, De la Sota o Ajuriaguerra.
Una idea fija de Mario, y con la que yo no estaba de acuerdo, era, y en esto
mostraba un pragmatismo sin marcha atrás, que si los Estados potentes eran tales
es porque se habían basado en el concepto y realidad de la Nación. Por eso había