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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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autoridades romanas sino para que se cumpla el destino redentor de Jesús. Un
rocambolesco episodio en donde, de manera un tanto pueril se pone de manifiesto
cómo un aparente mal puede ser la antes citada partera del bien. Si de los
evangelios paso a aquellos días en los que cayó sobre mí, y sobre otros, la
represión, he de decir que ni el rector Julio Rodríguez ni los que con él jugaron la
baza del miedo y del poder fueron el buen Judas. No llegaron ni al malo. La suerte,
en la que, sin creer mucho, creo algo, estuvo, sin embargo, de mi parte. Me
presenté a una beca de la Fundación March. Más que de dinero se trataba de
premiar un trabajo que luego lo publicarían como libro. Yo presenté uno sobre
Wittgenstein y la creencia religiosa que luego lo convertiría en mi primer libro. Tal
vez el menos malo y el primero en castellano que analizaba la filosofía analítica de
la religión. Según lo que escribió Gustavo bueno, una excelente introducción al
tema. Agradecí el cumplido. Se presentaron veintitrés a la Fundación y me la dieron
a mí. En el tribunal estaban, entre otros, Carlos París, Gustavo Bueno y uno de los
padres de la sicología en España, J. L. Pinillos. A Pinillos le dio clase de primaria mi
padre en la Escuela de Maestro Zubeldia de Portugalete. Yo creo que hubo algo de
compasión en el premio. Para su publicación tuve que tratar con Andrés Amorós
que era quien se encargaba de estas cuestiones en la March. Fue amable y atento
en todo momento. Es una persona a la que he estimado siempre porque, aunque
esté completamente alejado de mi ideología y yo de la suya, he admirado siempre
su conocimiento de la música, tanto de la clásica como de la popular. Y muy
especialmente de la Zarzuela. He de confesar que la Zarzuela es una de mis
pasiones y he conseguido memorizar unas cuantas. Como dato que muestra las
contradicciones o vaivenes de este país, tengo que decir que la Fundación March
nunca más se ha comunicado conmigo. Ni siquiera se ha dignado enviarme los
Boletines que normalmente pública. Sí se los ha enviado con regularidad a mi
querido y difunto suegro que era veterinario. Misterios cuya oscuridad no es fácil
iluminar.
Un cambio radical se produciría cuando en ese mismo periodo de búsqueda me
concedieron la muy anhelada Beca Fulbright. Antes de entrar en esa beca que como
por avión me traslado con mi familia a Nueva York y en donde estuve, en la
Universidad de Columbia, nueve meses, debo decir que para entonces había
obtenido el doctorado. Que, más tarde me coronaran con el Premio extraordinario,