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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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que fueron los entresijos de una expulsión que cambiaría la vida de los seis´,
oficialmente malditos, del Departamento de Filosofía a cuya cabeza estaba Carlos
Paris. Carlos París mantuvo una dignidad que ya hubiéramos deseado de otros que
no han solido mojarse ni una uña y luego se pavonean de grandes demócratas. El
rector que nos expulsó fue el inefable y efímero ministro Julio Rodríguez. Los
profesores nos reuníamos en asambleas para tratar de nuestros problemas entre
los cuales se colaban, como no podía ser de otra manera, otros problemas del
momento político que se estaba viviendo y de la enfermedad ya grave a que
aquejaba al régimen franquista. La mayor parte éramos PNN, en decir Profesores
no Numerarios y, en consecuencia, no gozábamos de la inmunidad que da el ser
funcionarios. Los estudiantes, por otro lado, en sus asambleas y fuera de ellas,
también andaban alborotados. La policía secreta, que no conseguía ser secreta, se
infiltraba en cualquier tipo de movimiento. Al Departamento de Filosofía le
correspondía la fama de ser el rojo por excelencia. Hasta qué punto lo fue lo
desmentirían más tarde los hechos. Una de las asambleas de profesores votó por
unanimidad que no examinaríamos si la policía entraba en el recinto universitario.
La policía entró y los profesores de filosofía, creo que todos, no solo no
examinamos, sino que recordamos a los de los otros Departamentos que fueran
fieles a la resolución que habíamos tomado. No fue así. Todos estos, como
corderos, examinaron. Y esa, aunque nunca se nos adujo como prueba, fue la
causa inmediata de la expulsión de los díscolos. Pensaba yo entonces, y sigo
pensando ahora, qué incapacidad para desobedecer de tanto autoproclamado
demócrata. Claro que, y como ya indiqué antes, la democracia puede cobijar desde
Corea del Norte a Noruega. Y es que no era y no es, en palabras de H. Arendt,
cuestión de la llamada obediencia debida. Se trata, más bien, del miedo indebido.
Cerraron, para completar la faena, el Departamento con lo con lo Carlos París
únicamente permanecía como funcionario que era y en el grado de catedrático. Una
cátedra que, algo insinuamos, ganó en Santiago de Compostela a la jovencísima
edad de 26 años. De cómo fueron aquellas oposiciones nunca habló. Daba la
impresión de que su catedra había salido como Atenea de la cabeza de Zeus. Y ya
en la historia externa, esta se resume en la expulsión en cuanto tal que, como en
las farsas judiciales, nos leía la pura rescisión del contrato el decano Dolz, con un
ayudante al que pusimos el nombre de Colibrí. Se nos prohibió dar clases en todo el
Estado y se cerró el Departamento. Con la fuerte oposición d Carlos París, trajeron
de sustitutos a tres mercenarios. Uno lo era de nombre, el Padre López Quintás,