Página 18 - portada 16

Versión de HTML Básico

El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
17
sus clases, di alguna charla y me moví, lo poco que se podía, dentro de los
grupúsculos que se oponían al franquismo. Lo que se pedía desde todas las voces
que se oponían al franquismo era democracia. Pero Democracia, claro, es un
concepto tan denso y lleno de aristas que ha ido dando vueltas desde que la puso
en marcha Pericles a quien, cosa que suele pasare por alto, el primero que se le
opuso fue Platón con argumento que sigue coleando en nuestros días. Y es, que
observaba Platón en el
Protágoras
, de la misma forma que no elegimos por mayoría
a quien, por ejemplo, ha de construir los mejores barcos tampoco tendríamos que
utilizar ese procedimiento para escoger a los que han de regir la ciudad. Desde
entonces los teóricos de la Democracia se han puesto a escarbar y ahí estamos.
Unos soltando sus ocurrencias desde su autoproclamado conocimiento y la gente
malviviendo en común salvo, seamos sinceros, los ricos y los bien acomodados.
Recuerdo que hablando con mi buen amigo suizo Rolf Winiker sobre las
expectativas de lo que sucedería después de Franco, me dijo que lo que él pensaba
que lo que deseábamos era lo que tenían ellos; es decir, lo que un bienpensante
de nuestros días llamarían democracia liberal. Una democracia, suele continuar este
discurso, imperfecta y mejorable pero intocable en su esencia. Solo los fascismos o
los ahora resucitados y vapuleados populismos, pueden poner en cuestión algo que
es, siempre la cita de Churchil queda bien, el menos malo de todos los sistemas
políticos posibles. A mi amigo buen amigo suizo no le contesté. Pero pensé para mis
adentros que no era eso lo que deseábamos, al menos yo. Si quisiera hacer,
pasados tantos años, una traducción de lo que eran y siguen siendo mis ideales no
tengo más remedio que echar mano de una tipificación un tanto simplificada. Por
un lado, están los que piensan que hay que embridar a los individuos que, en el
fondo, son un conjunto de pasiones que lleva a la guerra de todos contra todos,
como enseñó un clásico tan archicitado que me ahorro su nombre. De ahí que se
sean necesarias leyes, normas duras, jueces inclementes. Son los seguidores de
Kelsen, los que pomposamente se llaman constitucionalistas. Me recuerdan a Pablo
de Tarso y su concepción pesimista de un género humanos caído, empecatado y
necesitado de salvación. Agustín de Hipona y Lutero se encargarán de agitar aún
más la llama paulina. En el otro, los que concediendo que la libertad se encamina
con frecuencia al caos quieren ser fieles a dicha libertad pase lo que pase. Son los
libertarios, los que se atreven a confundirse solos, los que no necesitan muletas. He
de confesar que entonces y ahora he estado cerca de los segundos. De ahí que me
guste el voluntarismo del agudísimo franciscano rebelde Ockam o la idea que se