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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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se quiere, de aquel que elijo porque me da la gana. Esta expresión no es
despectiva. Todo lo contrario, expresa mi soberana voluntad, si es que nos queda
un ápice de libertad a los muy orgullosos humanos. Tal vez tengamos mucha
menos de lo que creemos.
Dando un paso atrás recojo lo que mencioné brevemente de Javier Muguerza.
A Javier le mantengo cierta estima y cierto cariño. A pesar de los distintos
encontronazos que hemos tenido no sé si por culpa mía, suya o de los dos. Persona
inteligente se ha rodeado por lo general de gente que no sobresale en inteligencia.
Y le ha encantado estar en medio de todas las salsas. En algún sentido podríamos
decir que, junto a otros como el desaparecido G. Peces Barba, han representado el
caciquismo ilustrado de nuestros días. Durante los dos primeros años que ejercí de
“Ayudante” trabajé en mi tesis por lo que leí todo lo que pude de mí siempre
admirado Wittgenstein. Me había casado con Elena en el año setenta y después de
estudiar por la tarde solíamos ir al cine a ver alguna película española. Alfredo
Landa Y Antonio Ozores me encantaban. Además, iba a la contra de ese
progresismo a la española que se considera muy británico y lo que hace es
esconder al palurdo que lleva dentro. Qué le vamos hacer, pero ser políticamente
incorrecto forma parte de mi esencia. En esos años que antecedieron a la expulsión
de la universidad a la que me referiré luego, asistí y participe en seminarios y
conferencias que tenían lugar en Fe y Secularidad, Instituto que pertenecía a los
jesuitas y que tenía como cabeza visible a José Gómez Caffarena, otro de los
personajes de la época y que, abriéndose a las nuevas corrientes, reunía entorno a
él a la intelectualidad cristiana que deseaba a toda costa salir de la caverna. Javier
Muguerza y José Luis Aranguren eran asiduos a aquellas reuniones, una pequeña
isla dentro del mar del nacional catolicismo. Por otro lado, trate de familiarizarme
con la filosofía analítica tanto en su versión más cerca del lenguaje ordinario como
en su aspecto estrictamente lógico. Sin llegar a ser experto en ambos he de decir
que la impronta analítica ha quedado grabada en mí. A ello me ha ayudado no poco
lo que aprendí en mis años de seminarista. La escolástica es un buen peldaño para
ascender por los caminos de las ciencias formales. Cada día que pasa estoy más
agradecido a aquella formación que, por lo demás, se ocupaba en sus contenidos
de cantidad de trivialidades. O lo que es peor, de lo ininteligible disimulado de una
suprema luz. En los dos años de mi ayudantía sustituí varias veces a Carlos Paris en