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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Carlos París era una figura importante en aquellos momentos dentro de la
filosofía española. Fue muy joven catedrático y ejercía como tal en Valencia cuando
fue llamado para montar el Departamento de Filosofía en la Universidad Autónoma
de Madrid. Con una juventud entre católica e izquierdismo nacionalista español fue
evolucionando hasta confesarse marxista y militar el resto de su vida en el Partido
Comunista español. Solía presumir, medio serio medio en broma, que fue el mismo
Carrillo el que le dio el carnet de militante. Podríamos decir que respondía en su
comportamiento al típico señorito burgués o que su vanidad llegaba hasta la luna,
pero sería injusto no reconocer sus capacidades, más allá de una inicial fuerte
amistad que con el tiempo se fue marchitando. Se trataba de una persona
inteligente. Una pena que la pereza o la cháchara no le permitieran haber
desarrollado sus reales habilidades. En el conjunto del Departamento había de todo.
Yo, en cierto modo, era como un paracaidista bajando de otro país. La mayor parte
fueron compañeros en la Universidad Complutense. Un subgrupo había estudiado
en Oviedo con Gustavo Bueno al que adoraban como si un Dios se hubiera vestido
de filósofo y ellos hubieran recibido alguna gracia apostólica. A Gustavo Bueno,
recientemente fallecido, difícilmente se le puede negar inteligencia. Su talento está
fuera de dudas. Me parece, sin embargo y aparte de otros defectos entre los que
destacaba un dogmatismo sin límite, que se creía un genio y que iba de genio por
la vida. Que uno se crea un genio es cosa suya. Que vaya por la vida ejerciendo de
genio, pontificando de lo divino y humano o insultando a quien no piense como el,
es una estupidez. Y en esa cayó Don Gustavo, un filósofo que, en medio de su
modo caótico de expresarse, siempre podía insuflar fuerza para pensar. Tuvo un
periodo en el que defendió un marxismo duro para ir, poco a poco, a colocarse, casi
como bufón, en la extrema derecha. Un recorrido que, desde luego, no hace ningún
beneficio a su memoria. Y los discípulos que ha dejado se debaten entre imitar al
maestro o alguna extravagancia. Poco más. De justicia es recalcar, sin embargo,
que entre el grupo ovetense destacaba Alfredo Deaño, una persona inteligente, con
intereses varios y que murió mientras preparaba las oposiciones a una “Adjuntía”,
que era el nombre a lo que hoy se llama Titularidad. Murió con 34 años, casado ya
con la que más tarde fuera ministra por el PSOE Mercedes Cabrera. Alguna
estampa de lo que ocurrió en el tanatorio merece recordarse. Llegó
precipitadamente de Oviedo Gustavo Bueno y lo primero que se le ocurrió decir es
que era una injusticia que habiendo tantos lerdos por el mundo le hubiera tocado a
Alfredo. Epitafio lerdo donde los haya. Javier Pradera consolaba a C. Solís