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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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de los tiempos. Fue en la Mensa donde la vi por primera vez y recuerdo el gesto
que hizo cuando me presentaron como un exseminarista más. Debía de estar harta
de tanto exseminarista. Había llegado con dos amigos de Salamanca, uno de ellos
medio ligue. Era necesario arreglarles los papeles de residencia, como estudiantes,
para un cierto limitado de tiempo. Me pareció muy guapa y, luego, más por el lugar
que ocupábamos en la fila que por otra cosa, la invité a un yogur. Me lo agradeció
casi perdonándome la vida. Le puede ocurrir a una chica bella cuando se encuentra
con un despistado como yo. Más tarde me dijo que era todo lo contrario. Como
para entender las señales que nos enviamos los machos y las hembras. Nos
seguimos viendo y solía aparecer por el Seminario de Filosofía en donde yo pasaba
el día yendo de un libro a otro. Me traía periódicos españoles, un regalo, en un
momento en el que tener noticias de España nos alertaba sobre lo que empezaba a
ocurrir en la agonía del franquismo. Me interesaban especialmente los
acontecimientos en Euskadi en donde las movilizaciones, y no movilizaciones, traían
de cabeza a la dictadura. Y en donde yo tenía toda mi familia y a muchos de mis
amigos. Un día le presenté al entonces muy conocido filósofo Bloch, todo un
acontecimiento. Hoy no lo conoce casi nadie. Otro signo de los tiempos. Como un
roce hace otro roce quedamos en pasar un fin de semana en un pueblecito cercano,
Urach. Lo que sigue se lo puede imaginar el lector. También se lo imaginó el amigo
con el que venía. Me sermoneó, me dijo que era una mujer fatal y que no
duraríamos más de dos meses. Todo un profeta. Repito que mi vida cambió y
precipitó mi vuelta a España a la que enseguida me referiré. No continuaré más con
el relato de mi noviazgo, matrimonio y vida en común. Me ha dejado dos
esplendidos regalos, además del recuerdo, mi hijo y mi nieto. Una vez dicho esto,
poco más creo que me importe ni importe sobre Tubinga. Alguien me ha insistido
en que cuente cómo pocos días antes de hacer el viaje a esa afortunada para mi
ciudad, comí con Zubiri en Donosti. Un amigo de Roma, de nombre Curro, fue el
que organizó el encuentro. Estuvo encantador. Cuando le dije que quería hacer el
doctorado sobre Wittgenstein frunció el ceño y me animó a que desistiera y me
dedicara a los nombres del momento, por ejemplo, a Husserl y Heidegger. Por
supuesto que no le hice caso. Agradecido por la amabilidad, pero no por la
recomendación, aunque lo hiciera desde la altura que tenía Zubiri en aquellos días.
Ahora ha acabado en manos de curas y semicuras.