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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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tampoco es mero ver, sino NOUS, entender. Lo contrario de “ver correctamente” es
la ceguera. Como el que “está ciego” para comprender que el triángulo es la figura
plana más simple, también en moral estamos ciegos de vez en cuando.
Normalmente son la pasión y el impulso los que nos llevan a comportamientos
incorrectos, irracionales.
El
saber moral
es distinto a todos los demás saberes. Abarca por igual fines y
medios, es por ello diferente del saber técnico que sólo abarca medios: “saber usar
la gubia”, si con ella el carpintero comete un crimen no tiene que ver con la técnica.
En moral el fin es fundamental, por eso no se puede distinguir entre saber y
experiencia, el saber moral es experiencia acumulada, la experiencia acumulada
procura el saber. El que acaba de salir de la escuela de carpintería sabe pero le
falta experiencia. En moral las dos cosas se confunden.
El saber moral contiene por sí mismo, cierta experiencia. Se puede decir sin temor
a equivocarse que como seres humanos que somos, no ectoplasmas, la experiencia
moral es forma fundamental de experiencia, frente a la cual toda otra experiencia
es experiencia de segundo grado, experiencia desnaturalizada (por no decir
naturalizada).
C. El saberse en el que consiste la reflexión moral está referido a sí mismo
de una manera muy particular.
A parte de la φονεσις, la virtud de la
consideración antes de actuar, tenemos otra: La comprensión. En la comprensión
ya no se trata de uno mismo sino de otro. Es una forma de juicio moral en la que
logro desplazarme a la situación en la que tiene que actuar el otro. Tampoco es un
saber general sino algo concreto y muy difícil. Comprensión no es técnica ni por
supuesto compasión. La comprensión del otro requiere desear lo justo, encontrarse
en una relación de comunidad con aquel a quien se piensa aconsejar. El consejo
pedido y dado, dar y recibir consejo: sólo es posible en una relación de una
confianza y amistad. Sólo un amigo puede aconsejar, sólo un consejo amistoso
tiene sentido para el aconsejado. En el caso del consejero moral está claro que la
aconsejadora no puede aconsejar “desde fuera”, se siente unida a la “aconsejada”,
se siente afectada con ella y piensa con ella. Es casi un don, un arte que algunas
personas tienen que es inútil y pernicioso burocratizar, y destructivo hacerse el
aconsejador cuando lo que se está haciendo es el manipulador.