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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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En las lecciones de Aristóteles sobre la
tragedia
asistimos a un fenómeno
fundamental, un fenómeno de sentido que puede aparecer por doquier. Ya sea en el
arte o en la vida no hay forma de intervenir en ella, la tragedia sólo se puede
aceptar, por ello es un hecho estético de primera clase.
La representación de la tragedia opera en el espectador la desolación por el héroe
trágico y el temor por su destino inevitable, el escalofrío recorre el cuerpo cuando
se asiste a
Las Suplicantes,
mejor si es en Mérida. Verme sacudida por el
estremecimiento me purifica, representa un desdoblamiento doloroso. La tragedia
libera universalmente al alma oprimida, el alma queda libre de lo que la separa de
lo que es, suelta lo que le sobra y entorpece. Es una liberación de las apariencias
en definitiva. El mismo héroe participa de la liberación al aceptar su destino. No hay
tragedia en una historia cuando culpa y expiación se corresponden, el desafío para
el espectador es la desproporción entre ambas. Y la tragedia a fin de cuentas tiene
el carácter de una verdadera comunión, lo que se experimenta en el exceso de
desastre es algo de verdad común. Frente al poder del destino la espectadora Ana
se reconoce a sí misma y a su propio ser finito. El asentimiento a la tragedia no se
refiere a la justicia del destino sino a una ordenación metafísica del ser que vale
para todos. La espectadora de la tragedia retorna iluminada, se da cuenta de la
ceguera en que vivía, la afirmación trágica es iluminación.
La espectadora no se comporta como un dandy o un esteta, con distancia, sino que
participa. La tragedia abruma porque nos hace conocernos, el propio mundo nos
sale al encuentro. Nos alcanza el lenguaje trágico como nos alcanza el lenguaje
poético.
3. La actualidad hermenéutica de Aristóteles
Nos interesa el adecuado papel que la razón debe desempeñar en la actuación
moral. Ya que hablamos de razón y saber como determinación del ser. Aristóteles
funda la ética sobre la base de una crítica a la vaciedad de la Idea del Bien
platónica. Frente a ello erige la cuestión de lo bueno para el ser humano. Ya no
identifica αρετή y λογος . El esfuerzo sustenta el valor ético del hombre, un
ejercicio que lleva a la firmeza en el ser.