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El Búho Nº 16
Revista Electrónica de la
Asociación Andaluza de Filosofía.
D. L: CA-834/97. - ISSN 1138-3569.
Publicado en
www.elbuho.aafi.es
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Vida Buena en donde cada uno escoge la forma de existencia que le apetece. Es
una mezcla que sin duda hago con mucha libertad de la idea de deber kantiana con
la noción de mundo de la vida hegeliana. Después de seguirle durante mucho
tiempo, mi idea de la moral, expuesto también sucintamente, vuelve a ser
wittgensteiniana. Las reglas que llamamos morales, las normas, las leyes, son
arreglos sociales para poder vivir juntos. Y en este punto tendemos a ser lo más
utilitaristas o consecuencialistas posibles. Nos las arreglamos, en suma. Lo que yo
llamaría la pepita de oro de la moral, sin embargo, se encontraría en lo que
decidimos hacer más allá de las obligaciones adquiridas en la comunidad. En otros
términos, el altruismo y el contento que esto nos produce internamente. En los
últimos tiempos Tugendhat ha dedicado sus investigaciones a la antropología y en
una relativa vuelta a los orígenes a preocuparse por la relación de uno con sí
mismo. Su manera de filosofar consiste en aislar un problema, de los eternos o más
recientes, conocerlo en sus componentes empíricos y reflexionar sobre dicho
problema. La reflexión la hace, fundamentalmente, desde la filosofía lingüística.
Totalmente de acuerdo. Es lo que podemos encontrar en los últimos artículos,
recogidos en libros, y en los que despliega esa manera, a mi modo la mejor, de
filosofar. Como persona, y buena persona, Tugendhat es un gran aficionado al vino.
En esta afición coincide con otros muchos filósofos. Estos han andado bastante
lejos de la mujer, centrados en sus pasiones filosóficas. Tugendhat, y lo viví muy de
cerca, no coincide, en la atracción de lo femenino, con la mayor parte de los
filósofos. Añado que nunca me enfadé con él por haberse aproximado demasiado a
mi familia.
Pero lo que merecería todo un libro, que quien sabe si acabaré escribiéndolo,
es el decisivo hecho que cambió radicalmente mi vida y que tuvo lugar en Tubinga.
Allí conocí a Elena con la que he convivido más de cuarenta años y que falleció en
2015. A mí el matrimonio me ha parecido siempre una jaula con mejor o peor
alpiste, la soledad no me aterra para nada, coloco mi libertad por encima de todo,
considero que vivir en pareja debe ser un lujo y no una necesidad. Yo conviví, sin
embargo, con Elena lo que indica lo que significó para mí. Poco antes de que
muriera la dije que la razón más fuerte para alegrarme de haber venido a este
mundo era el haberla conocido. Hoy lo repetiría, solo que multiplicado. Cómo la
conocí, y lo recuerdo como en una fotografía, tiene algo de novelesco. Y del signo